
Cabe las raices del pich junto al Impala, bajo el aguacero del martes la comuna expulsada construyó pegado al señalamiento referente a los sitios históricos lo que en un principio parecía un chiquilote para Rommel o César y luego se supo serviría para dos placas alusivas a su histórica hipocresía, responsables ambos de las reiteradas ofensas a la memoria del fundador de la ciudad con carnavales vendidos a cerveceros, embotelladores y galleteros.- j.r.m.n.
Cuentos de sociedad
Extraviado uno en lontananza
Los cerotes de la 47
Cuentos de sociedad
Extraviado uno en lontananza
Los cerotes de la 47
Cintarazo no fue requerido para la inauguración. Por derecho de vecindario, sin embargo, pidió a su cuaderno Bertolino Cojitranco acompañara en una mesa ad hoc, tras el vitral norte del Gran Café, a su amigo el poeta de la Luna negra. Ambos darían fe de la jalada póstuma de una presidencia municipal enlodada y un grupo de vecinos afónicos que nunca protestarom por las ofensas panistas al fundador de Mérida, en su avenida escenificadas . D. Miguel Rodríguez del Pomar le decía al buen Cinta cuando llegaban esas aberraciones: “Esto ya no es carnaval, sobrino, lo han convertido en un zoco marroquí los ladrones disfrazados de gente de bien, como los cerveceros, los refresqueros y hasta ese galletero venido a más”. Tomaba su avión y buscaba asilo en el Hotel Biscayne de Miami. Sólo regresaba cuando se disipaban los olores mefíticos de orines y heces fecales que imperaban en el único monumento citadino a su fundador, la avenida que llevaba su nombre. Callaban las damas, no se había consolidado Pro Hispen. Callaban los caballeros y cronistas. Todavía usaban guayabera alba, no portaban sillas ni vestían de azul lacayuno. Hasta que uno les cantó la neta un 6 de enero y los demás supieron que su destino era el bozal y aplaudir.
Por la estatura de los alcaldes, el ficticio y el de facto, ya estaba montado el minicirco, veladas las dos figuras con manta azul alusiva, ambos apersogados, como si se pudieran bajar del pedestal de la ignominia. Fueron llegando los notables: el cronista de las Chucherías entró a tomar un café para aclarar el gaznate, pues se daría gusto con el micrófono. Ya había llegado el bardo campechano, invitado de honor, que se acercó a la mesa a saludar a Roldán y Bertolino. Llegó el notario Sosa, junto al Impala; bastón con garras, cabellera al viento, departía el notario Gutiérrez López. Pasó junto a los observadores un ex presidente de la casa de España entrado en carnes, pero garboso. Al camellón llegaron los primos Peniche. Amaro y Ponce. Carlos con un escultor vernáculo recien vuelto al terruño. Distinguida, como siempre, y acompañada por su hermano Manuel, sin la goleta, ya estaba junto al monumento Margarita Díaz Rubio. En una silla de ruedas, Rosario Cáceres Baqueiro de Manzanilla platicaba con la articulista que por instrucciones de Carlos García Ponce defendió en el mega envoltorio de las
deyecciones panistas la exposición de basura que el Macay y los panuchos le endilgaron al fundador de Mérida. Ningún ex alcalde lució el palmito. Nadie vio a Luis Medina Cantillo o Gina Villagómez, síntesis de sociedad en movimiento .En su carruaje blanco llegó Bojórquez. Desechó la escalerilla para descender y se le unieron Juan Francisco y Margarita. César presentó a su cabildo. Rommel quedó inédito. Leyó cada cual su guión. Tres operarios sufrieron para quitar la manta. Presente, de rojo, como las huestes de Angélica, lo veía todo Reynaldo Bolio Suárez, el escultor intérprete de las instrucciones de Peón Ancona. Dos cuerpos, dos. El mozo parecía mostrarle a su padre con el índice hacia Valladolid dónde estaba el sobrino. El adelantado oteaba con la diestra el horizonte, como buscando al pariente desaparecido. Tal vez por el color de ambas estatuas, un jardinero municipal comentó: -Parecen dos cerotes.
Para cortar el listón azul mo aguardaron la llegada de Cachicha, el delegado de la Profeco, ni de Alberto Reyes Carrillo, el delegado del IMSS.
No asistieron ni la gobernadora ni la nueva alcaldesa. Tras el cristal se comentaba que el mozo quedó muy rígido, como si en persona hubiese sido insolente o altanero. Un aroma de amor a lo nuestro, de querencia a la piedra se desprendía del mini auditorio como un efluvio que flotaba hacia el Palacio Cantón, donde César Pompeyo y Vitorio Emmanuele Zerbbera, pese a la prohibición del letrero junto a las escalinatas de la entrada, cogidos de la mano se colaban al jardín interior del inmueble.
Mientras lo descrito ocurría en la calle, sobre la mesa el comentario giraba en torno a las anécdotas referidas de Monsiváis en Mérida: Textos de Jorge Cortés Ancona, Víctor Salas y el dramaturgo Peniche Ponce. Lástima que Carlos dejó para mejor ocasión el relato completo del encuentro con su tocayo y Vicente Ayora Sarlat en el hotel Príncipe Maya convertido ya en el Jaguar, tugurio de su experiencia. Monsi barrió la pista en los brazos del barman maya al ritmo del bolero Amor perdido. Una versión de ese episodio la publicó el propio Vicente en el suplemento Sábado del periódico Uno Más Uno.
Ya era la hora cristal. Del café nos vieron ingresar a la Taberna. Los protagonistas del desaguisado que tenían sed pasaron sin entrar por la puerta de la 47 y se perdieron en el Lucero del Alba, o tal vez se encontraron. Ausente Roger Campos Munguía, la mesa tradicional despachó las reglamentarias y puso pies en polvorosa para salvarle el pellejo al dramaturgo.- Especial para Lira sartorial. Bertolino Cojitranco.
No asistieron ni la gobernadora ni la nueva alcaldesa. Tras el cristal se comentaba que el mozo quedó muy rígido, como si en persona hubiese sido insolente o altanero. Un aroma de amor a lo nuestro, de querencia a la piedra se desprendía del mini auditorio como un efluvio que flotaba hacia el Palacio Cantón, donde César Pompeyo y Vitorio Emmanuele Zerbbera, pese a la prohibición del letrero junto a las escalinatas de la entrada, cogidos de la mano se colaban al jardín interior del inmueble.
Mientras lo descrito ocurría en la calle, sobre la mesa el comentario giraba en torno a las anécdotas referidas de Monsiváis en Mérida: Textos de Jorge Cortés Ancona, Víctor Salas y el dramaturgo Peniche Ponce. Lástima que Carlos dejó para mejor ocasión el relato completo del encuentro con su tocayo y Vicente Ayora Sarlat en el hotel Príncipe Maya convertido ya en el Jaguar, tugurio de su experiencia. Monsi barrió la pista en los brazos del barman maya al ritmo del bolero Amor perdido. Una versión de ese episodio la publicó el propio Vicente en el suplemento Sábado del periódico Uno Más Uno.
Ya era la hora cristal. Del café nos vieron ingresar a la Taberna. Los protagonistas del desaguisado que tenían sed pasaron sin entrar por la puerta de la 47 y se perdieron en el Lucero del Alba, o tal vez se encontraron. Ausente Roger Campos Munguía, la mesa tradicional despachó las reglamentarias y puso pies en polvorosa para salvarle el pellejo al dramaturgo.- Especial para Lira sartorial. Bertolino Cojitranco.