miércoles, diciembre 31, 2008




Cuentos de sociedad


Casi noqueado por mil libras


La época, Dickens y Pompeyo


AMBOS CARLOS, EL HAMBRE SALVÓ A UNO



Un milagro de la era victoriana. Dos días y 99 años antes de que naciera en Mérida Makakikus, en la noche del 5 de octubre de 1843, después de hablar en una concurrida sesión de caridad, desconsolado, por las oscuras callejuelas de Manchester deambulaba con los hombros caídos un joven autor célebre ya en la Inglaterra de entonces por Los Papeles de Pickwick y Las Aventuras de Oliver Twist. El matrimonio en picada, su carrera literaria tambaleante, sus finanzas a punto de colapso, padre de cinco hijos demandantes, había perdido la brújula del buen éxito y lo acosaba una deuda de mil libras esterlinas, recordatorio acuciante del encarcelamiento paterno cuando ya no pudo cumplir con los acreedores de compromisos impostergables. “Nunca después de eso lo olvidé, nunca lo olvidaré, nunca lo podré olvidar”.

Como a acontece a peripatéticos famosos, pensó mientras seguía leyendo Cojitranco su edición del Christian Science Monitor del 23 de diciembre, una repentina idea visitó el magín al escritor. Si pudiera contar la historia navideña en un libro que saliera a la venta antes del 24 de diciembre, podría ganar las mil libras que lo angustiaban. En el curso de seis semanas Charles Dickens escribió un clásico de la literatura occidental. No ganó más cien libras, mal calculó los costos de la impresión, pero a la vuelta del siglo XX era el libro más leído después de la Biblia y todavía es uno de los más conocidos de la lengua inglesa. “A Christmas Carol”, Un villancico navideño, reencausó su pluma. Les Stanford, director del Programa de Escritura Creativa de la Universidad Internacional de la Florida, asegura cambió la forma de festejar la fecha.

Bertolino revisaba la crítica de Marjorie Kehe al libro de Stanford, “The Man Who Invented Christmas”, El hombre que inventó la Navidad, y leyó atento la explicación de Les: -Entre muchos cristianos de ese periodo la fiesta tenía ingratas reminiscencias paganas y la celebraban con un perfil bajo: para 1843 en la isla no se usaban tarjetas de Navidad, ni árboles con esferas ni la ceremonia del pavo. Ciertamente Dickens la reinventó. Con él nació el enfoque caritativo, los deseos de buena voluntad, la esperanza de redención, el intercambio de regalos. Creó la contrapartida secular de esa fiesta. Los avaros miserables, mas rescatables a fin de cuentas, adquirieron un retrato inmarcesible: Ebenezer Scrooge, cuyo regalo navideño le llega de su empleado Bob Cratchit y sus hijos parias.

Tres noches después Bertolino recordaba lo anterior en el santuario de la Virgen del Perpetuo Socorro, las espaldas de César Pompeyo y Lengua Longa, con sus hijos Martha, Ana Laura y Octavio, en la última banca izquierda de la primera sección del ábside, testigos devotos del sacramento matrimonial que se otorgaron sus sobrinos Flora María y Rafael ante la concurrencia. Llegó la hora del Padre Nuestro y con la prez la exhortación a darse la paz. César, con la agilidad de sus incursiones sicilianas, ya había hecho gala de flexibilidad y buena vista al doblar el espinazo para recoger junto a la banca delantera a su derecha un arete desprendido que devolvió a su dueña. Entrado en gastos, abandonó su fila, dio la paz a Cintarazo, a su hermana Berta Noemí y a sus sobrinos Cecilia, Carlos Humberto, Olguita y Manuel.

Siguió luego la pasarela de la Eucaristía. Lengua Longa no titubeó. Tomó la mano del cronista de la Cosa Nostra, la Camorra y otros chanchullos implícitos, con aplomo ausente de mal paso y la prole engrosada con Carlos y Lourdes, enfilaron hacia el presbiterio a santificarse con la Sagrada Forma. Una epifanía independiente a la del enlace recorría las bancas del recinto. Parpadearon los cirios del altar, dos pétalos se desprendieron del arreglo. Cintarazo cedió el lugar a los invitados al banquete. Prefirió pasar agachado. Cuando la música es alta no se escucha el acompañamiento. De haberse animado pocos advertirían el desacato y la profanación. Permaneció en su lugar, cerró los ojos y escuchó en su pecho la jaculatoria: -Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero basta con tu palabra y mi alma será sana y salva.

Entrega del ramo a la Señora de Itzimná, fotografías, desfile de salida. Los invitados se unieron al festejo de los novios en el salón Yucatán del Fiesta Americana. Saludaban a los nuevos esposos la familia Cámara Menéndez y Cintarazo cuando entraron Rubén y Patricia. Los recién llegados se unieron a la mesa de los primeros para compartir el festejo también con sus primas Lucía y María Isabel Acevedo. Pompeyo instaló a Lengua Longa y su prole dos mesas aparte, casi bajo las reverberantes bocinas del conjunto, y con la representación callada de todos se trasladó con paso firme a cumplir el saludo navideño pendiente con Patricia y Rubén. No escatimó el cuidado de la imagen. Prójimo de Berlie, ante la mirada atenta del Pbro. Alejandro Alvarez Gallegos volvió a saludar, esta vez de abrazo, Cintarazo incluido.

Antes de regresar al nido, César confesó a Cintarazo el alivió que le produjo el adormecimiento del nervio ciático. Presagio, seguramente, de que volvería a las andadas, como ocurrió en el último día del año. Reafirmó su adhesión palaciega y le anunció un accidente a la gobernadora: “avanza impertérrita y en rutilante soledad hacia el estrellato”, sin dejar por eso de soltar un piropo discreto a la media naranja intermitente: “…mientras los demás, gobernantes y gobernados, trotan o cojean, cada quien por su lado y por su cuenta...” Seguir con el show, otro año, exige la tramoya, aunque lo que escriba no sea un villancico dickensiano. Aunque disimule la burla adjudicada de más de 20 años de servicio a su cuñada viuda en el Grupo Megamedia que nació ayer y cuyo consejo de administración dice que integra.

Ocurrente regalo navideño, Berta Noemí obsequió a sus hermanos un cuaderno ideado por su hija religiosa, con el deseo de que cada quien anote sus recuerdos más remotos, cuando la familia estaba vinculada bajo el techo amoroso de los padres. Del otro lado de la mesa, Bertolino veía a Patricia y Rubén. Un recuerdo lo hizo sonreir. Mayo de 1951. Presentaban flores a la Virgen las niñas. Rubén temía que se gastaran las amarillas cuando le tocara turno la siguiente semana a los varones. Descuidados los mayores, Cintarazo lo ayudó con la veste, zapatos, gorro, guantes y canasta de la mamá de la novia. A las 4 de la tarde salió de la casona de la 69 vestido. La Candelaria estaba a dos cuadras. Sospechó la abuela el asunto al advertir la ausencia del atuendo. Lo rescató Ana Gabriela cuando se enfilaba en el templo. Podría ser una clave justa.

Pasaban las dos de la mañana y ambas mesas, donde estaba Pompeyo y donde se ubicó Cintarazo, seguían ocupadas. El primero con estoico aguante por el ruido de las bocinas. Como si Lengua Longa esperase la ausencia del segundo para evitar el mal trago de la despedida. Ya César había saludado de abrazo al penalista que humilló a sus ahijados impunes adictos a lo ajeno, intocables por tácito decreto presidencial. Venció el cansancio al conductor designado, Berta Noemí fue con las primas Acevedo a despedirse de Pompeyo y Lengua Longa. En medio de la música alcanzó a oírse un respiro de alivio. Respetuoso, el que suscribe prefirió hacerlo de los sobrinos Pino Navarrete y del oficiante Alvarez Gallegos, testigo atento
.- José Rafael Menéndez Navarrete.