domingo, mayo 11, 2008



Por el honor de la familia (1)


Aniversario de un cadáver

Conserva el título que le quitaron a dos de sus propietarios junto con sus acciones de la editora desde la ejecución del atropello. Su verdadero dueño, el lector –criterio de su segundo y último titular-, tal vez lea el día 31 un mentiroso editorial como los anteriores desde hace 35 años: falso en la forma y en el fondo, agravio permanente a la memoria del fundador cuyo prestigio contabiliza, de la de sus hijos, incluida la única con vida, y de la de ellos mismos, esposas y viuda hasta el último de sus herederos, con responsabilidades diversas en lixiviados de un delito impune.

Está pendiente el relato de su autopsia, posible a pesar de la putrefacción. La sociedad yucateca lo requiere para darse cuenta del declive permanente de su clase rectora, incluyendo empresarios diluidos en la evasión fiscal y los efectos tintoreros del narcotráfico, o dirigentes religiosos usurpadores de enseñanzas cristianas. Aunque sus “renovadas” páginas descompuestas lleven a los hogares peninsulares donde circula, si bien menguado, lo que llama bonanza de la prostitución masculina y femenina en Progreso y Peto, o la violencia incestuosa contra infantes en Austria.

Nuestro Diario difunto, no el que les engaña ahora, entró en agonía en abril de 1973 con el despojo primero de las acciones correspondientes a dos de sus responsables, sustraídas sin su consentimiento de la caja fuerte de la compañía. Esta traición desencadenó consecuencias inimaginables para los que en ella conspiraron, seguros entonces de su impunidad. Les habían negado la firma a una cesión mentirosa de 1,000 de sus 1,200 acciones cada uno que hubiera dado el control de la sociedad al padre de los cinco, en acta que los fulminaría luego.

Quien figura hoy a su cabeza pidió al gobernador, cuyo fraude electoral había destacado en artículo de primera página, judiciales vestidos de civil con armas largas, comandados por un sobrino del funcionario, para amedrentar a sus hermanos primero en el interior del edificio e impedirles luego el ingreso a su trabajo, de lo que dieron fe el notario público Fernando López Monsreal y un oficial facilitado por Carlos Ceballos Traconis. Promovimos juicio laboral contra la empresa editora en demanda de nuestra reinstalación, acusados de abuso de confianza.

Primera parcialidad: el gobernador espurio sustituyó con su primo en la presidencia de la Junta Central de Conciliación y Arbitraje a Pedro Solís Aznar por Raúl Heredia Carrillo, a modo de la parte acusada. Tuvo que comparecer Carlos Rubén Menéndez Navarrete y admitir en la diligencia que reconocía como suya la firma en un recibo de 300,000 pesos recibidos por el consejo de administración de la misma empresa (acusación a sus hermanos de abuso de confianza), y confesó, tras media hora de consultas telefónicas, que entregó a su padre ese dinero.

Sin sustento válido el despido, por resolución redactada en la misma máquina de escribir del asesor de la empresa, secretario de su consejo de administración, abogado del arzobispo de Yucatán y cuñado del director del Diario, no fueron reinstalados los trabajadores injustamente despedidos y la empresa fue condenada a liquidarlos con 3,000 pesos, cobrados con dolo y sin autorización, no obstante el amparo de los quejosos, cuyo desahogo fue asunto de lindezas como una cena navideña en casa del gobernador con Carlos Rubén y el pleno de un tribunal colegiado.

Una mañana de aquel abril, el abogado de la empresa, secretario de su consejo de administración y cuñado de su presidente, me visitó en una casa de Carlos Gómory Rivas que rentaba al lado de la iglesia de Fatima. Quería saber en cuánto vendería mi quinta parte de las acciones del Diario. Le dije que si así fuera obtendría una respuesta más adecuada preguntándole a un hijo suyo, licenciado en Economía, el valor de una empresa con utilidades netas en sus últimos ejercicios que fluctuaban entre siete ochocientos y ocho millones de pesos.

Mi pariente golpeó la mesa y me acusó de falso e insidioso, en paroxismo de indignación. “Cuéntale a mi papá tu pregunta y mi respuesta. Si te niega la verdad te la pruebo con documentos”. Crédulo, había firmado por decenios balances de ejercicios por 390,000 pesos de utilidad. Sus cuñados se asignaban a 60,000 pesos y a sus hermanas les tocaba 30,000. Descubrió la confianza que merecía al suegro y los hermanos que lo habían usado como cómplice sin su conocimiento, además. Este despertar determinaría después una fatal alianza resentida contra su cuñado Abel.

Viajamos a Europa. Llevaba tres años sin cruzar saludo con mi papá, disgustado por el despojo descrito. En Padua visitamos la iglesia de San Antonio, patrono de las causas difíciles (cosas perdidas, precisó Choyo). A instancias de Gladys Mendoza Encalada y su esposo Ricardo Capetillo Casares accedí a ver de nuevo a D. Abel, recién operado de la próstata en Houston. Ignoraba que al salir había dejado en confianza a Carlos Rubén en Mérida las 6,000 acciones de la editora, al portador, en la inteligencia de recuperarlas a su retorno cuando lo solicitara.

Cumplí mi palabra. Exultante, comentó en el Diario la visita que le hice en casa de los esposos Humberto Cámara Rivas y mi hermana Berta Noemí, en la colonia Alemán. Me dijo que Piolín y Bonch habían puesto sus empleos a su disposición si eran necesarios para el retorno de Abel y José al periódico. Pese al amparo pendiente, vino a comer a la casa del fundador del Diario que me había traspasado. Me ofreció trabajo en la biblioteca de su padre que dirigía su hermano Mario. Agradecí y me excusé por la paz. Lo acusaron de “aplatanado”. Fatales consecuencias.

Carlos involucró a sus hermanos Rubén y Manuel, con la complicidad de su abogado, para volver nominativas las acciones a su favor y el de sus esposas, a espaldas de D. Abel, temerosos de nuestro posible retorno. Mi tío cobraba la deuda referida y establecía una alianza futura para su despacho y su hijo Javier. No le funcionó después. Formalizaron la felonía como si en asamblea presente D. Abel hubiese dirigido la operación. Riesgo calculado. Casi enloquece, como les consta a Beto y Berta Noemí. Temió hundir la obra de su padre si impugnaba.

Me enteré después que le pagaron las dos quintas partes ajenas en una operación a plazos de 15 millones de pesos. El les dejó el edificio del Diario que había planeado para sus hijas, así como su parte de la biblioteca dedicada al fundador. Les sacó una espina mayúscula poco antes de morir: simuló bajo su firma haber recibido la totalidad de las utilidades pendientes de impuestos, como único responsable. El nuevo régimen fiscal lo maquinaron con Javier Acevedo Menéndez y Rodolfo Martínez Gamboa. A pesar de los honorarios leoninos, Rodolfo comió raya.

Bloqueado el proceso, ante las largas del asunto laboral, decidí incoar un juicio ordinario mercantil en el Juzgado de Distrito ejercitando acción reivindicatoria por mis acciones robadas. Mi contraparte ignoraba las pruebas incontrovertibles en mi posesión. Yo sí imaginaba el efecto devastador que tendría para el Diario quedar en culpa expuesta y a merced de las autoridades enemigas deseosas de lograr lo que no pudieron con mi abuelo, pese a públicas intentonas. Quise entonces darles una oportunidad para salvar los años periodísticos del fundador y sus hijos.

Ofrecí un almuerzo en la casa que fue del abuelo a mi padre y hermanos con sus conyuges. Sólo no asistieron Carlos, convaleciente de un infarto en su casa de la playa, y Abel, domiciliado en México. No sabía aún lo del traspaso de las acciones. D. Abel, Rubén, Manuel y esposas conocían del cambio. Convivimos como antaño. A los postres, con copia a cada uno, les leí, para honrar la memoria de nuestros padres y sus enseñanzas, una exhortación a reunirnos en la mitad del puente, devolver lo que nos fuera ajeno y perdonar y olvidar los agravios. Unica forma de justificar ante la sociedad la solvencia de nuestras funciones y oficio.

Después supe que mi padre comentó: “Extemporáneo”. Al salir les recogió la copia de mi carta. Aguardé infructuosamente cerca de dos meses. Me aceptó el juez la demanda. Ardió Troya. Negaron mi calidad de propietario en su respuesta. Para probarlo exhibieron un acta de la asamblea general de accionistas de abril de 1973. Yo produje otra acta legal certificada notarialmente de la misma fecha, con la firma de las mismas personas, donde padre y hermanos me reconocían accionista con 200 acciones. La habían destruido ignorantes de mi previsión. Impugnaron el auto.

Carreras jurídicas hasta la madrugada. Auxilio ilícito de la Suprema Corte de Justicia, confesado con cáncer terminal a las puertas del Hotel Beverly, en presencia de Víctor Pavón Abreu, por el ministro Antonio Caponni Guerrero en la ciudad de México. Solicitud de Loret a Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, para sustraer el expediente del título del Diario (ya publiqué en esta página el documento notariado por Monforte Luján). El Chato Juanes (Hacienda en Mérida) y Loret con el Diario en sus manos y la anuencia de Echeverría. Era cárcel o muerte.

Quienes recuerdan al occiso saben de su calidad. Éste cuyo aniversario pregona la mentira resta caricatura de sucedáneo. Una trágica caricatura. Mito para la estafa. Venta simulada como retoño de vodevil con valor prostituido de renovación. Sólo personas mercantiles extranjeras podrían tragarse semejante aldaba. Nuestra es la acción del Quijote que obedece Gelman: limpiar el pasado para poder guardarlo. Tarea que impone los abrasivos de la verdad y la justicia. Nunca será nuestra la esperanza cobarde del olvido. Militamos en la memoria que de pie se hace presente.

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Los renglones torcidos de Dios le llama Torcuato en su novela. Ante una situación parecida, no tan dolorosa, hace 49 años el segundo arzobispo de Yucatán le escribió a su amigo Carlos Ricardo Menéndez González: “…cuando las lágrimas son producidas por la lucha y el esfuerzo contra la adversidad se convierten en estrellas…”. Al día siguiente, día de San José, veamos cuál fue la respuesta que dirigió al Dr. Fernando Ruiz Solórzano el director y fundador del Diario de Yucatán, casi dos años antes de morir, inspirado en una religiosa, nieta ajena a las causas y fondo del conflicto.

Marzo de 1959, Ana María consuela a su abuelo: “El sufrimiento, las persecuciones, por más que tengan una causa humana palpable, permitida por Dios, son gracias escogidísimas, predilecciones divinas que El sólo concede a sus amigos íntimos para asemejarlos a El. Y viendo así las cosas, qué dicha pensar que nuestro DIARIO, amasado con el sudor, la sangre y el amor de tres generaciones de Menéndez, ha sido mirado con amor desde lo Alto y lo está asemejando a El en esta operación dolorosa, pero necesaria y que será de gran fecundidad en lo futuro.

Cristo, cuando ´fue puesto en la cruz, atrajo a Si todas las cosas´ y de este madero sangrante en el que parecía que todo había muerto, brotó la chispa que ahora incendia al Mundo, …el principio de una fecundidad que no se extinguirá … ni en la eternidad. ¿No ven con el Diario una analogía sorprendente? … saldrá victorioso y su resurrección será gloriosa y grandiosa su fecundidad….” Cerraba el periodista: “Dispense S. E. que el cansado abuelo se valga de su nieta para manifestarle, como lo hago con la más profunda emoción, el cordial sentimiento de nuestra gratitud”.

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Enamoramiento para monjas de antaño, por los memoriosos recovecos de aquel noviciado de Tlalpan rescata el oído viejo la lira de Alfonso Castro Pallares: Vámonos a la aventura/ por esas calles de Dios:/ no caiga nadie en la cuenta/ que vas conmigo, Señor. (…) Como un viejo peregrino/ diré la misma canción/ y nadie sabrá quién canta,/ si el Tuyo o mi corazón. Ayer celebramos el cumpleaños 136 del poeta inspirado, esposo trabajador, padre cariñoso, abuelo ocurrente, historiador verás, periodista insobornable. Exigió al morir el 12 de diciembre de 1961: “que me dejen de chingar”.